No todos los remakes cumplen con ese sueño ideal de convertirse en la versión definitiva de un clásico. Muchas veces escuchamos el deseo recurrente de que tal juego “merece un remake” o “necesita un remaster”, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente modernizar una obra sin traicionar su esencia. Romancing SaGa 2: Revenge of the Seven es un caso muy claro de esto: un remake honesto, visualmente atractivo, pero profundamente atado a una estructura de diseño que evidencia el paso del tiempo.
Lanzado en 2024 en PS4, PS5, PC y Switch, este remake del clásico RPG japonés de 1993 llega de la mano de Square Enix y Xeen, con mejoras técnicas evidentes: resolución 4K, 60 fps en Xbox Series X/S, voces en inglés y japonés, música reorquestada y un lavado de cara visual notable.
Visualmente, el juego es precioso. El arte tiene una identidad muy marcada, con una paleta de colores que remite inevitablemente a esa estética clásica del JRPG noventero. Sin llegar a ser exactamente Toriyama, hay un aire a Dragon Quest que se percibe rápidamente. Los escenarios, los modelos y la dirección artística en general son uno de los puntos más fuertes del remake, y probablemente el primer gancho para quienes se acerquen por primera vez.
Donde Romancing SaGa 2 realmente se diferencia del resto es en su sistema de herencia y generaciones. La historia no gira alrededor de un grupo fijo de personajes, sino de un imperio que se extiende a lo largo del tiempo. Los personajes envejecen, mueren, y sus habilidades, conocimientos y progreso se transmiten a la siguiente generación. Esta mecánica, original incluso hoy, convierte cada partida en una experiencia estratégica única, donde no solo importa cómo peleás, sino cómo gestionás el legado de tu reino.
El sistema de combate acompaña esta profundidad con una propuesta táctica sólida. Hay clases con ventajas y desventajas claras, formaciones que determinan quién recibe más daño, una línea temporal para anticipar acciones y un sistema de debilidades que cruza tipos de armas y elementos. Además, las habilidades se aprenden en combate bajo ciertas reglas estrictas: por ejemplo, especializarse en fuego impide aprender magia de agua, aunque permite otras combinaciones. Todo esto construye un sistema complejo y exigente, muy atractivo para quienes disfrutan pensar cada enfrentamiento.
Sin embargo, este mismo diseño es también uno de los principales puntos de fricción con los estándares actuales. El juego exige farmeo. Mucho. Es un farmeo clásico, duro, propio de los RPG de los años 90. No todo el mundo está dispuesto hoy a invertir siete u ocho horas fortaleciendo personajes para recién avanzar un poco en la historia. En mis primeras quince horas de juego, apenas avancé una generación completa, con una enorme cantidad de tiempo dedicada a combatir enemigos para no quedar atrás en dificultad.
La historia, por su parte, arranca con buen ritmo. El contexto del imperio, el emperador, sus dos hijos y la amenaza latente de los Siete Héroes funciona bien como introducción. El mundo plantea una premisa interesante: héroes legendarios que, siglos después, regresan como demonios. El problema aparece cuando el juego activa su mecánica central: los saltos generacionales. A partir de ahí, la narrativa se fragmenta.
Cada generación tiene una historia principal breve, poco desarrollada, y rápidamente se pasa a la siguiente. No hay tiempo para construir personajes, para encariñarse o para entender motivaciones profundas. El rey es “el rey de turno” y el grupo son mercenarios funcionales. La historia del mundo y de los Siete Héroes se descubre de forma indirecta, a través de objetos o lugares específicos, más como lore disperso que como un hilo narrativo continuo.
Esto provoca una sensación constante de desconexión. Pasan décadas o siglos entre un evento y otro, pero como jugador no vivís ese cambio. Simplemente ocurre. De pronto estás en el trono con nuevos personajes, nuevas estadísticas y un mundo que avanzó sin que vos lo veas. Desde una perspectiva de diseño es coherente, pero desde una narrativa moderna se siente frío y poco envolvente.
A todo esto se suma que el juego no está traducido al español, una crítica recurrente hacia Square Enix en los últimos años. Solo está disponible en japonés o inglés, lo cual también limita su alcance para cierto público. El doblaje es mínimo, reducido a algunas cinemáticas y efectos de combate, lo que refuerza esa sensación de experiencia distante.
Existe la opción de bajar la dificultad, y probablemente eso haga el juego más accesible para un público actual. Sin embargo, hacerlo también diluye gran parte de la gracia: la construcción del reino, el equilibrio entre clases, armas y elementos, y el desafío estratégico que define la experiencia. Bajar la dificultad es viable, pero implica renunciar a una parte importante de su identidad.
En definitiva, Romancing SaGa 2: Revenge of the Seven no es un mal juego. Tampoco es un remake pensado para todos. Es un RPG estructuralmente viejo, con ideas brillantes y sistemas profundos, envuelto en una presentación moderna. Square Enix decidió respetar al máximo la esencia original, y eso lo convierte en una obra honesta, pero de nicho.
Es un juego ideal para quienes jugaron el original o para quienes buscan una experiencia muy de la vieja escuela, sabiendo que terminarlo requerirá paciencia, tiempo y tolerancia al farmeo. Para el público general actual, acostumbrado a narrativas fuertes, personajes memorables y ritmos más ágiles, probablemente sea una experiencia difícil de sostener. Y eso está bien. No todos los remakes necesitan ser universales; algunos simplemente existen para recordar de dónde viene el género, incluso cuando eso implique mirar al pasado más de lo que el presente está dispuesto a aceptar.
- Desarrollado por: Square Enix y xeen Inc.
- Publicado por: Square Enix
- Disponible en: Xbox Series, PC, PS4, PS5, Switch 1 & 2
- Fecha de lanzamiento de Xbox: 25 de septiembre de 2025
*Código de review proporcionado por Square Enix*



